Ha pasado ya más de una semana
del sismo de 7.1 que sacudió la parte central de la República Mexicana, temblor por demás violento y destructivo.
Pudiera ser que tomara estas
líneas para explicar la mecánica de los terremoto del 7 y 19 de septiembre, las
tremendas diferencias con el de 1985, las distintas formas de medir la magnitud
de la fuerza liberada en estos casos, en fin, datos técnicos, muy
interesantes y clarificadores, pero datos fríos.
Prefiero contarles.
Ya desde el sismo del 7 de
septiembre había estado tentado a escribir sobre esto, pero en esos días los
tremendos huracanes del Atlántico pegaron en las Antillas dejando una estela de
destrucción y muerte. Por eso pospuse la idea de esta entrada para otra
ocasión.
El 19 no dejó lugar a dudas, les
tengo que contar.
Debo pedir una enorme disculpa,
una de 60 años pues hasta allá me voy a trasladar.
Uno de los sismos modernos más
referenciado hasta antes de 1980 es el conocido como “Terremoto del Ángel” de 1957
o “Sismo del 57” donde uno de los daños más evidentes fue la caída del Ángel de
la Independencia en Paseo de la Reforma.
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Terremoto del Ángel. 1957 |
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Ángel caído. 1957 |
De 1957 a 1985 hubo innumerables
sismos que afectaron la estructura de cientos de edificios, sin embargo, el
ánimo de la gente era en general festivo, no bien se terminaba el sismo dábamos
por hecho que nada había pasado y que el único edificio dañado era el cine
Roble, resentido desde el 57 y que no podían acabar de reparar.
En el sismo del 14 de marzo de
1979 (magnitud 7.6) el único edificio colapsado fue el de la facultad de
arquitectura (¡!) de la Universidad Iberoamericana, afortunadamente este sismo
ocurrió muy temprano, antes que hubiese estudiantes y docentes en su interior.
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Facultad de arquitectura Universidad Iberoamericana. 1979 |
Esto funcionó en el sentido de
que México era a prueba de temblores. Gran error.
Llegó el 19 de septiembre de
1985.
Aquel terremoto no solo tiró
cientos de edificios, dejó miles de fallecidos (10,000 según cifras oficiales,
más de 20,000 según cuentas de la población civil), además tiró la absurda
creencia de que en la Ciudad de México nunca pasaba nada con los sismos.
Hubo cambios en la forma de vivir
y convivir antes, durante y después de un sismo. También se cambiaron las
reglas de construcción para evitar mayores desastres.
Y por supuesto. Hubo quien encontró
la forma de no cumplir con las reglas, ahorrándose dinero a costa de la
seguridad de los habitantes del país.
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Hotel Regis. 1985 |
El sismo del 85 empezó lento, con
movimientos horizontales, como los que ya estábamos más que acostumbrados. Pero
fuera de amainar como en otras ocasiones, el vaivén no cesaba, era un
movimiento que aceleraba sin pausa, cada segundo aumentaba el crujir de las traves
y columnas.
Muy poco después el movimiento ya
no era horizontal, la casa se movía claramente de arriba abajo, el terremoto
ahora era trepitatorio.
No era como antes, no paraba, el
ruido de objetos caídos, vidrios rotos, gritos de vecinos… no era algo que
hubiésemos vivido antes.
Pasó el sismo y dejó su estela de
dolor y muerte. Al otro día, 20 de septiembre, tembló de nuevo dejando en el
ánimo de la gente una cicatriz indeleble de lo frágiles que somos.
También dejó grandes enseñanzas
en torno a la generosidad y altruismo de mucha gente que auxilió a la población
afectada.
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Solidaridad ciudadana. 1985 |
Pasaron 32 años de sismos
pequeños y grandes, no bien paraba de temblar las autoridades se apresuraban a
jactarse de que no había nada que lamentar, que se reportaba saldo blanco y que
la ciudad estaba perfectamente preparada para un sismo como el de 1985.
El 7 de septiembre de 2017 a eso
de las 11:50 de la noche, el sonido característico y aterrador de la alarma
sísmica partió en pedazos la serenidad del manto nocturno.
No bien salí de casa se empezaron
a sentir los embates del sismo, las lámparas se movían al compás del siniestro
vals terrestre.
Como en 1985 el movimiento era
claramente horizontal, oscilatorio como le dicen, y al igual que el de hace 32
años lejos de parar aumentaba en intensidad.
Las lámparas ya no solo se movían
de lado a lado, presentaban violentas variaciones de dirección.
Hubo un asunto que me llamó la
atención, el olor del aire.
Era un olor casi desagradable,
como el aroma que se desprende al chocar las piedras.
Había gente rezando, gente que
murmuraba, gente que en shock preguntaba que qué estaba pasando, caminaban con
los ojos en blanco, no veían, no escuchaban, el terror los impulsaba a caminar
sin saber a dónde ir.
Como pudimos algunos ayudábamos a
calmar a la gente, aun cuando el miedo nos tenía invadido el ánimo a todos.
Y justo en ese momento, con el
terremoto encima y casi a la media noche, se fue la luz.
El sonido de la angustia saliendo
de todas las gargantas fue claramente percibido.
Fue en ese momento que pude
percibir con toda su terrorífica hermosura los destellos que iluminaban el
cielo, como relámpagos que iluminaban el cielo desde la tierra, sin sonido, sin
estruendo, era la luz del rayo sin el trueno.
En el momento en que el movimiento telúrico
se desvanecía, un frio tremendo se desató en los ateridos y
temblorosos testigos.
Al fin la tierra se había
detenido, las lámparas de las casas y el tendido eléctrico aun oscilaron por
unos segundos más.
Tres minutos después el ladrido
de los perros llenaba la obscuridad de la noche.
La quietud de los objetos no nos
convencía de que ya hubiese terminado el sismo.
Siguió el recuento de daños,
sacar los radios para tener información, saber al menos que no estábamos tan
mal.
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Juchitán, Oaxaca. 2017 |
Por desgracia en Oaxaca y Chiapas
no les había ido nada bien, el terremoto había generado muchos daños e incluso
muertes y heridos en aquellas regiones.
Las comunicaciones estaban
cortadas, no había teléfono y la señal celular se había caído.
Con un poco de suerte y paciencia
pudimos mandar mensajes, enterarnos que nuestras gentes estaban bien, sólo
asustados y nada más.
Unas horas después llegó la luz,
las líneas telefónicas se restablecieron y pudimos al fin hablar con nuestros
familiares.
Regresé a casa, mucha gente
prefirió quedarse afuera. Casi nadie durmió.
La vida regresaba a la normalidad.
El 19 de septiembre se conmemoró
el 32 aniversario de aquellos terribles sismos que tanta destrucción y luto
dejaran a su paso, como todos los años, se realizó un simulacro que no todos
toman en serio, sobre todo la generación posterior al terremoto del 85.
A la una catorce de la tarde
estaba sentado justo frente a esta misma computadora, en ese momento un
sorpresivo movimiento de arriba abajo, como si estuviésemos en una lancha, nos
sorprendió.
No hubo alarma sísmica, no hubo
aviso alguno. Simplemente empezó a temblar.
Ya desde ese primer movimiento se
notó que era un sismo atípico, desde el primer momento se presentó
trepitatorio.
- ¡Está temblando, sal! - dije en
voz alta para que Lupita saliera a ponerse a salvo, al mismo tiempo ella me
advertía alarmada que bajara y saliera de casa.
Habían pasado sólo unos pocos
segundos de iniciado el terremoto y ya caminar por la casa era por demás
imposible, la forma en que y velocidad con que se movían las paredes nos hacían
chocar una y otra vez en nuestro intento por salir al aire libre.
Fue un triunfo abrir la reja, se
movía demasiado como para insertar la llave, pero al fin salimos.
No bien nos pusimos a salvo, la
alarma sísmica se activó, cuando era más que evidente que este era uno de los
terremotos más fuertes del que se tuviese noticia en tierras mexicanas.
Todo se movía sin concierto ni
orden, el ruido de la tierra misma sacudida sin piedad, de los objetos
cotidianos al caer y romperse en mil pedazos, vidrios rotos, llantos
desesperados, ladridos descontrolados, gritos, todo en una mezcla demencial de
temor, terror y ninguna certeza de que esto terminara.
Es curioso, pero lo primero que
hice al salir fue olfatear el aire para percibir aquel olor del sismo pasado.
No había tal.
Aun a nivel del piso los bruscos
movimientos del suelo nos impedían siquiera estar de pie.
Teníamos la certeza que nuestra
casa fallaría en sus cimientos y se vendría abajo, el ruido era enloquecedor.
Fue a costa de mucho trabajo, de
respirar hondo y lento que no dejamos que el terror nos ganara la carrera, la
adrenalina nos brotaba hasta por la mirada.
Poco a poco, muy lento el
movimiento empezó a calmarse, la tierra retomó su papel pasivo y nos permitió
ser testigos del peor sismo registrado en nuestro país.
Es bien cierto que el de 1985 fue
de magnitud mayor (liberó mucha más energía) pero el de este año fue mucho más
cercano haciéndolo más intenso.
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Daños en calles de la ciudad. 2017 |
Por supuesto fue muy destructivo,
la zona del epicentro sufrió innumerables daños, Puebla y Morelos salieron muy
mal y zonas que ya estaban mal por el sismo del día 7 resintieron mayor
destrucción.
Las manos han salido a buscar y
rescatar desde el primer momento, los voluntarios, los brigadistas, los
rescatistas, casi todos han puesto su granito de arena para ayudar en lo que
fuera necesario. Han sido los jóvenes quienes primero llegaron a rescatar
personas, con las manos desnudas y el miedo en la piel, pero firmes y
dispuestos a ayudar.
La clase gobernante se ha visto
de nuevo rebasada y torpe, como en 1985.
Las brigadas vinieron de todo el
mundo, y a todo el mundo les damos las gracias, grupos especializados en
rescate enviados por distintos gobiernos, también vinieron voluntarios que pagaron
de su bolsillo su traslado, alimentación y hospedaje y que se fueron sin pedir
nada, absolutamente nada a cambio.
Nunca podremos acabar de
agradecerles a estas almas generosas que aportaron sus manos, su esfuerzo, voluntad y conocimiento en el rescate de las víctimas de los terremotos del 7 y 19 de septiembre
de 2017.
No podemos evitar sismos, huracanes, inundaciones, lluvias y demás eventos naturales, pero podemos estar preparados para evitar mayores daños.