viernes, 26 de septiembre de 2014

Luis Pescetti

"Una actividad lúdica bien utilizada es una poderosa herramienta de cambio.
Los juegos son herramientas de la alegría, y la alegría además de valer en sí misma es una herramienta de la libertad." (L.P)


Luis María Pescetti, argentino, nació en 1958 en la provincia de Santa Fe. Es escritor de textos para niños y adultos, músico, cantautor, y actor.


Estudió canto, piano, armonía, composición y literatura. Si bien comenzó su actividad profesional como musicoterapeuta y luego como docente, residente en México y Argentina, desarrolló una larga y diversa carrera como autor y actor. Durante doce años realizó la conducción de un programa de radio creado por él su país y en México. También en México hizo televisión  durante 7 años, y en Argentina por otros 3.

Como comediante para adultos y niños se presentó en los más reconocidos teatros y festivales de México, Argentina, Cuba, Estados Unidos, España, Colombia, Chile, Brasil, Perú.

 Tiene editados seis CD’s –"El vampiro negro""Cassette pirata""Bocasucia""Qué público de porquería""Antología" e "Inútil Insistir" (Premio Carlos Gardel 2009) –, y dos DVD’s –"No quiero ir a dormir" y "Luis te ve"–.

Como autor de 25 libros con más de un millón de ejemplares vendidos, está presente en toda Hispanoamérica, EEUU y Alemania. Sus ensayos, novelas y cuentos donde el humor, el juego filosófico y el tratamiento del diálogo ocupan un lugar especial, han sido ganadores de varios premios y menciones como The White Ravens (Alemania) en 3 oportunidades, el Premio Casa de las Américas (Cuba), Fantasía (2000, Argentina) y "Lista de honor de la revista Cuatrogatos" (EEUU, 2001).

Pero el mejor modo de conocer a Luis, es mediante su fino humor:

La suerte de James Bond en el amor


Es pésima. Malo, malo, maleta el hombre para las cosas del amor. Confunde su mamá y la maestra jardinera de su infancia con la mujer que tiene enfrente, y se queda con menos defensas que antes de la invención de la gripe, el pobre.
Ayer vimos una de sus películas, con mucha acción mucha acción, y de repente el hombre se enamora y la película se pone leeenta, lenta, y hay tal tráfico aéreo de pajaritos enamorados que no ocurre un accidente de milagro.
Y fue una lástima para ella porque, ni bien vimos que él se enamoraba, dijimos: “La chava ya valió, sonó, tronó, capút, no dura”. Porque ya lo hubiéramos visto a James de espía y enamorado. No, imposible. El es solitario por una decepción amorosa que no lo deja creyendo en nada a raíz de que cuando se enamora se cree todo.
Se abrazan en una clínica y tumban un equipo médico, ruedan en la arena, y navegan por Venecia como si todo quedara al lado de todo. Cosa que si se pasara en la realidad uno exclamaría “¡Pará, bruto!” “¡Aguas! que se cayó eso”, “¡Cuidado que después hay que pagarlo!”.
A mí la escena que más me gustó fue una en la que ella lo medio ayuda a él y entonces ve cómo James mata a un oponente (que al comenzar la pelicula podría haber preguntado “¿Contra quién voy?”). El caso es que la dama queda tan impresionada que James la encuentra sentada bajo la regadera/ducha dejando correr el agua. Él, que venía de esmoquin, atención, se sienta a su lado, la abraza… un maestro, la verdad, porque por ahí cualquiera de nosotros hubiera dicho ¿Me dejás el baño que lo necesito un minuto? o; “¿Qué hacés mojándote vestida, loca?”. No, él entiende de sólo verla, (ayudado por una música de fondo triiiiste triste triste), se sienta a su lado (aunque iba de negro), la-a-bra-za, le pregunta si tiene frío, ella asiente inclinando la cabeza en uno de sus bíceps y James, atención: estira la mano hacia la canilla y abre más la caliente. Un genio.

Cantando una canción de Virulo en su programa de TV: El niño caníbal...




"Los juegos no son la solución, tampoco varitas mágicas; pero sin duda son un invalorable estí­mulo (si se respeta su espí­ritu) en la dirección de crear una escuela más humana y más alegre." (L.P.)

buajajajá...




"¿Por qué tiene tanta agua el mar?
Para que quepan todos esos peces y las gallinas.
¿Gallinas?, no hay gallinas en el mar.
Por eso,
porque no caben."


Luis


miércoles, 10 de septiembre de 2014

EL GOLPE A SALVADOR ALLENDE CONTADO POR GARCÍA MARQUEZ

Chile, el golpe y los gringos. (Crónica de una tragedia organizada)

A un año mas del fatídico 11 de Septiembre de 1973, Puente cubano al mundo, quiere  recordarlo en las palabras de un grande, Gabriel García Marquez.
Todo el dolor de truncar un proyecto que podía haber cambiado el continente,  desnudado,  mostrando cuanto se jugaba, y cuanta muerte iban a sembrar para impedirlo.
Los convocamos a sumarse a nuestra evocación de Salvador Allende, y lo que quiso para su Chile y para nuestra América, a través de todo lo que puedan acercarnos,  para exorcizar tanto dolor con la memoria colectiva.

A fines de 1969, tres generales del Pentágono cenaron con cuatro militares chilenos en una casa de los suburbios de Washington. El anfitrión era el entonces coronel Gerardo López Angulo, agregado aéreo de la misión militar de Chile en los Estados Unidos, y los invitados chilenos eran sus colegas de las otras armas. La cena era en honor del Director de la escuela de Aviación de Chile, general Toro Mazote, quien había llegado el día anterior para una visita de estudio. Los siete militares comieron ensalada de frutas y asado de ternera con guisantes, bebieron los vinos de corazón tibio de la remota patria del sur donde había pájaros luminosos en las playas mientras Washington naufragaba en la nieve, y hablaron en inglés de lo único que parecía interesar a los chilenos en aquellos tiempo: las elecciones presidenciales del próximo septiembre. A los postres, uno de los generales del Pentágono preguntó qué haría el ejército de Chile si el candidato de la izquierda Salvador Allende ganaba las elecciones. El general Toro Mazote contestó: “Nos tomaremos el palacio de la Moneda en media hora, aunque tengamos que incendiarlo”
Uno de los invitados era el general Ernesto Baeza actual director de la Seguridad Nacional de Chile, que fue quien dirigió el asalto al palacio presidencial en el golpe reciente, y quien dio la orden de incendiarlo. Dos de sus subalternos de aquellos días se hicieron célebres en la misma jornada: el general Augusto Pinochet, presidente de la Junta Militar, y el general Javier Palacios, que participó en la refriega final contra Salvador Allende. También se encontraba en la mesa el general de brigada aérea Sergio Figueroa Gutiérrez, actual ministro de obras públicas, y amigo íntimo de otro miembro de la Junta Militar el general del aire Gustavo Leigh, que dio la orden de bombardear con cohetes el palacio presidencial. El último invitado era el actual almirante Arturo Troncoso, ahora gobernador naval de Valparaíso, que hizo la purga sangrienta de la oficialidad progresista de la marina de guerra, e inició el alzamiento militar en la madrugada del once de septiembre.
Aquella cena histórica fue el primer contacto del Pentágono con oficiales de las cuatro ramas chilenas. En otras reuniones sucesivas, tanto en Washington como en Santiago, se llegó al acuerdo final de que los militares chilenos más adictos al alma y a los intereses de los Estados Unidos se tomarían el poder en caso de que la Unidad Popular ganara las elecciones. Lo planearon en frío, como una simple operación de guerra, y sin tomar en cuenta las condiciones reales de Chile.
El plan estaba elaborado desde antes, y no sólo como consecuencia de las presiones de la International Telegraph & Telephone (I.T.T), sino por razones mucho más profundas de política mundial. Su nombre era “Contingency Plan”. El organismo que la puso en marcha fue la Defense Intelligence Agency del Pentágono, pero la encargada de su ejecución fue la Naval Intelligency Agency, que centralizó y procesó los datos de las otras agencias, inclusive la CIA, bajo la dirección política superior del Consejo Nacional de Seguridad. Era normal que el proyecto se encomendara a la marina, y no al ejército, porque el golpe de Chile debía coincidir con la Operación Unitas, que son las maniobras conjuntas de unidades norteamericanas y chilenas en el Pacífico. Estas maniobras se llevaban a cabo en septiembre, el mismo mes de las elecciones y resultaba natural que hubiera en la tierra y en el cielo chilenos toda clase de aparatos de guerra y de hombres adiestrados en las artes y las ciencias de la muerte.
Por esa época, Henry Kissinger dijo en privado a un grupo de chilenos: “No me interesa ni sé nada del Sur del Mundo, desde los Pirineos hacia abajo”. El Contingency Plan estaba entonces terminado hasta su último detalle, y es imposible pensar que Kissinger no estuviera al corriente de eso, y que no lo estuviera el propio presidente Nixon.
Ningún chileno cree que mañana es martes. Chile es un país angosto, con 4.270 kilómetros de largo y 190 de ancho, y con 10 millones de habitantes efusivos, dos de los cuales viven en Santiago, la capital. La grandeza del país no se funda en la cantidad de sus virtudes, sino el tamaño de sus excepciones. Lo único que produce con absoluta seriedad es mineral de cobre, pero es el mejor del mundo, y su volumen de producción es apenas inferior al de Estados Unidos y la Unión Soviética. También produce vinos tan buenos como los europeos, pero exportan poco porque casi todos se los beben los chilenos. Su ingreso per cápita, 600 dólares, es de los más elevados de América Latina, pero casi la mitad del producto nacional bruto se lo reparten solamente 300.000 personas. En 1932, Chile fue la primera república socialista del continente, y se intentó la nacionalización del cobre y el carbón con el apoyo entusiasta de los trabajadores, pero la experiencia sólo duró 13 días. Tiene un promedio de un temblor de tierra cada dos días y un terremoto devastador cada tres años. Los geólogos menos apocalípticos consideran que Chile no es un país de tierra firme sino una cornisa de los Andes en una océano de brumas, y que todo el territorio nacional, con sus praderas de salitre y sus mujeres tiernas, está condenado a desaparecer en un cataclismo.
Los chilenos, en cierto modo, se parecen mucho al país. Son la gente más simpática del continente, les gusta estar vivos y saben estarlo lo mejor posible, y hasta un poco más, pero tienen una peligrosa tendencia al escepticismo y a la especulación intelectual. “Ningún chileno cree que mañana es martes”, me dijo alguna vez otro chileno, y tampoco él lo creía. Sin embargo, aún con esa incredulidad de fondo, o tal vez gracias a ella, los chilenos han conseguido un grado de civilización natural, una madurez política y un nivel de cultura que son sus mejores excepciones. De tres premios Nobel de literatura que ha obtenido América Latina, dos fueron chilenos. Uno de ellos, Pablo Neruda, era el poeta más grande de este siglo.
Todo esto debía saberlo Kissinger cuando contestó que no sabía nada del sur del mundo, porque el gobierno de los Estados Unidos conocía entonces hasta los pensamientos más recónditos de los chilenos. Los había averiguado en 1965, sin permiso de Chile, en una inconcebible operación de espionaje social y político: el Plan Camelot. Fue una investigación subrepticia mediante cuestionarios muy precisos, sometidos a todos los niveles sociales, a todas las profesiones y oficios, hasta en los últimos rincones del país, para establecer de un modo científico el grado de desarrollo político y las tendencias sociales de los chilenos. En el cuestionario que se destinó a los cuarteles, figuraba la pregunta que cinco años después volvieron a oír los militares chilenos en la cena de Washington: “¿Cuál será la actitud en caso de que el comunismo llegue al poder? -La pregunta era capciosa. Después de la operación Camelot, los Estados Unidos sabían a cierta que Salvador Allende sería elegido presidente de la república.
Chile no fue escogido por casualidad para este escrutinio. La antigüedad y la fuerza de su movimiento popular, la tenacidad y la inteligencia de sus dirigentes, y las propias condiciones económicas y sociales del país permitían vislumbrar su destino. El análisis de la operación Camelot lo confirmó: Chile iba a ser la segunda república socialista del continente después de Cuba. De modo que el propósito de los Estados Unidos no era simplemente impedir el gobierno de Salvador Allende para preservar las inversiones norteamericanas. El propósito grande era repetir la experiencia más atroz y fructífera que ha hecho jamás el imperialismo en América Latina: Brasil.
Doña cacerolina se echa a la calle. El 4 de septiembre de 1970, como estaba previsto, el médico socialista y masón Salvador Allende fue elegido presidente de la república. Sin embargo, el Contingency Plan no se puso en práctica. La explicación más corrientes es también la más divertida: alguien se equivocó en el Pentágono, y solicitó 200 visas para un supuesto orfeón naval que en realidad estaba compuesto por especialistas en derrocar gobiernos, y entre ellos varios almirantes que ni siquiera sabían cantar. El gobierno chileno descubrió la maniobra y negó las visas. Este percance, se supone, determinó el aplazamiento de la aventura. Pero la verdad es que el proyecto había sido evaluado a fondo: otras agencias norteamericanas, en especial la CIA y el propio embajador de los Estados Unidos en Chile, Edward Korry, consideraron que el Contingency Plan era sólo una operación militar que no tomaba en cuenta las condiciones actuales de Chile.
En efecto, el triunfo de la Unidad Popular no ocasionó el pánico social que esperaba el Pentágono. Al contrario, la independencia del nuevo gobierno en política internacional, y su decisión en materia económica, crearon de inmediato un ambiente de fiesta social. En el curso del primer año se habían nacionalizado 47 empresas industriales, y más de la mitad del sistema de créditos. La reforma agraria expropió e incorporó a la propiedad social 2.400.000 hectáreas de tierras activas. El proceso inflacionario se moderó: se consiguió el pleno empleo y los salarios tuvieron un aumento efectivo de un 40 por ciento.
El gobierno anterior, presidido por el demócrata cristiano Eduardo Frei, había iniciado un proceso de chilenización del cobre. Lo único que hizo fue comprar el 51 por ciento de las minas, y sólo por la mina de El Teniente pagó una suma superior al precio total de la empresa. La Unidad Popular recuperó para la nación con un solo acto legal todos los yacimientos de cobre explotados por las filiales de compañías norteamericanas, la Anaconda y la Kennecott. Sin indemnización: el gobierno calculaba que las dos compañías habían hecho en 15 años una ganancia excesiva de 80.000 millones de dólares.
La pequeña burguesía y los estratos sociales intermedios, dos grandes fuerzas que hubieran podido respaldar un golpe militar en aquél momento, empezaban a disfrutar de ventajas imprevistas, y no a expensas del proletariado, como había ocurrido siempre, sino a expensas de la oligarquía financiera y el capital extranjero. Las fuerzas armadas, como grupo social, tienen la misma edad, el mismo origen y las mismas ambiciones de la clase media y no tenían motivo, ni siquiera una coartada, para respaldar a un grupo exiguo de oficiales golpistas. Consciente de esa realidad, la Democracia Cristiana no solo no patrocinó entonces la conspiración de cuartel, sino que se opuso resueltamente porque la sabía impopular dentro de su propia clientela.
Su objetivo era otro: perjudicar por cualquier medio la buena salud del gobierno para ganarse las dos terceras partes del Congreso en las elecciones de marzo de 1973. Con esa proporción podía decidir la destitución constitucional del presidente de la república.
La Democracia Cristiana era una grande formación inter-clasista, con una base popular auténtica en el proletariado de la industria moderna, en la pequeña y media industria moderna, en la pequeña y media propiedad campesina, y en la burguesía y la clase media de las ciudades. La Unidad Popular expresaba al proletariado obrero menos favorecido, al proletariado agrícola, a la baja clase media de las ciudades.
La Democracia Cristiana, aliada con el Partido Nacional de extrema derecha, controlaba el Congreso. La Unidad Popular controlaba el poder ejecutivo. La polarización de esas dos fuerzas iba a ser, de hecho, la polarización del país. Curiosamente, el católico Eduardo Frei, que no cree en el marxismo, fue quien aprovechó mejor la lucha de clases, quien la estimuló y exacerbó; con el propósito de sacar de quicio al gobierno y precipitar al país por la pendiente de la desmoralización y el desastre económico.
El bloqueo económico de los Estados Unidos por la expropiaciones sin indemnización y el sabotaje interno de la burguesía hicieron el resto. En Chile se produce todo, desde automóviles hasta pasta dentífrica, pero la industria tiene una identidad falsa: en las 160 empresas más importantes, el 60 por ciento era capital extranjero, y el 80 por ciento de sus elementos básicos importados. Además, el país necesitaba 300 millones de dólares anuales para importar artículos de consumo, y otros 450 millones para pagar los servicios de la deuda externa. Los créditos de los países socialistas no remediaban la carencia fundamental de repuestos, pues toda industria chilena, la agricultura y el transporte, estaban sustentados por equipo norteamericano. La Unión Soviética tuvo que comprar trigo de Australia para mandarlo a Chile, porque ella misma no tenía y a través del Banco de la Europa del Norte, de París, le hizo varios empréstitos sustanciosos en dólares efectivos. Cuba, en un gesto que fue más ejemplar que decisivo, mandó un barco cargado de azúcar regalada. Pero las urgencias de Chile eran descomunales. Las alegres señoras de la burguesía, con el pretexto del racionamiento y de las pretensiones excesivas de los pobres, salieron a la plaza pública haciendo sonar sus cacerolas vacías. No era casual, sino al contrario, muy significativo, que aquel espectáculo callejero de zorros plateados y sombreros de flores ocurriera la misma tarde que Fidel Castro terminaba una visita de treinta días que había sido un terremoto de agitación social.
La última cueca feliz de Salvador Allende. El Presidente Salvador Allende comprendió entonces, y lo dijo, que el pueblo tenía el gobierno pero no tenía el poder. La frase más alarmante, porque Allende llevaba dentro una almendra legalista que era el germen de su propia destrucción: un hombre que peleó hasta la muerte en defensa de la legalidad, hubiera sido capaz de salir por la puerta mayor de la Moneda, con la frente en alto, si lo hubiera destituido el congreso dentro del marco de la constitución.
La periodista y política Rossana Rossanda, que visitó a Allende por aquella época, lo encontró envejecido, tenso y lleno de premoniciones lúgubres, en el diván de cretona amarilla donde había de reposar el cadáver acribillado y con la cara destrozada por un culatazo de fusil. Hasta los sectores más comprensivos de la Democracia Cristiana estaban entonces contra él. “¿Inclusive Tomic?” -le preguntó Rossana.-”Todos”, contestó, Allende.
En vísperas de las elecciones de marzo de 1973, en las cuales se jugaba su destino, se hubiera conformado con que la Unidad Popular obtuviera el 36 por ciento. Sin embargo, a pesar de la inflación desbocada, del racionamiento feroz, del concierto de olla de las cacerolinas alborotadas, obtuvo el 44 por ciento. Era una victoria tan espectacular y decisiva, que cuando Allende se quedó en el despacho, sin más testigos que su amigo y confidente, Augusto Olivares, hizo cerrar la puerta y bailó solo una cueca.
Para la Democracia Cristiana, aquella era la prueba de que el proceso democrático promovido por la Unidad Popular no podía ser contrariado con recursos legales, pero careció de visión para medir las consecuencias de su aventura: es un caso imperdonable de irresponsabilidad histórica. Para los Estados Unidos era una advertencia mucho más importante que los intereses de las empresas expropiadas; era un precedente inadmisible en el progreso pacífico de los pueblos del mundo, pero en especial para los de Francia e Italia, cuyas condiciones actuales hacen posible la tentativa de experiencias semejantes a las de Chile: Todas las fuerzas de la reacción interna y externa se concentraron en un bloque compacto.
En cambio los Partidos de la Unidad Popular cuyas grietas internas era mucho más profundas de lo que se admite, no lograron ponerse de acuerdo con el análisis de la votación de marzo. El gobierno se encontró sin recursos, reclamado desde un extremo por los partidarios de aprovechar la evidente radicalización de las masas para dar un salto decisivo en el cambio social, y los más moderados que temían al espectro de la guerra civil y confiaban en llegar a un acuerdo regresivo con la Democracia Cristiana. Ahora se ve con mucha claridad que esos contactos, por parte de la oposición no eran más que un recurso de distracción para ganar tiempo.
La CIA y el paro patronal. La huelga de camioneros fue el detonante final. Por su geografía fragorosa, la economía chilena está a merced de su transporte rodado. Paralizarlo es paralizar el país. Para la oposición era muy fácil hacerlo, porque el gremio del transporte era de los más afectados por la escasez de repuestos, y se encontraba además amenazado por la disposición del gobierno de nacionalizar el transporte con equipos soviéticos. El paro se sostuvo hasta el final, sin un solo instante de desaliento, porque estaba financiado desde el exterior con dinero efectivo. La CIA inundó de dólares el país para apoyar el Paro Patronal, y esa divisa bajó en la bolsa negra, escribió Pablo Neruda a un amigo en Europa. Una semana antes del golpe se había acabado el aceite, la leche y el pan.
En los últimos días de la Unidad Popular, con la economía desquiciada y el país al borde de la guerra civil, las maniobras del gobierno y de la oposición se centraron en la esperanza de modificar, cada quien a su favor, el equilibrio de fuerzas dentro del ejército. La jugada final fue perfecta: cuarenta y ocho horas antes del golpe, la oposición había logrado descalificar a los mandos superiores que respaldaban a Salvador Allende, y habían ascendido en su lugar, uno por uno, en una serie de enroques y gambitos magistrales a todos los oficiales que habían asistido a la cena de Washington.
Sin embargo, en aquel momento el ajedrez político había escapado a la voluntad de sus protagonistas. Arrastrados por una dialéctica irreversible, ellos mismos terminaron convertidos en ficha de un ajedrez mayor, mucho más complejo y políticamente mucho más importante que una confabulación consciente entre el imperialismo y la reacción contra el gobierno del pueblo. Era una terrible confrontación de clases que la habían provocado, una encarnizada rebatiña de intereses contrapuestos cuya culminación final tenía que ser un cataclismo social sin precedentes en la historia de América.
El ejército más sanguinario del mundo. Un golpe militar, dentro de las condiciones chilenas, no podía ser incruento. Allende lo sabía. No se juega con fuego, le había dicho a la periodista italiana Rossana Rossanda. Si alguien cree que en Chile un golpe militar será como en otros países de América, como un simple cambio de guardia en la Moneda, se equivoca de plano. Aquí, si el ejército se sale de la legalidad. habrá un baño de sangre. Será Indonesia. Esa certidumbre tenía un fundamento histórico.
Las fuerzas armadas de Chile, el contrario de lo que se nos ha hecho creer, han intervenido en la política cada vez que se han visto amenazados sus intereses de clase y lo han hecho con un tremenda ferocidad represiva. Las dos constituciones que ha tenido el país en un siglo fueron impuestas por las armas y el reciente golpe militar era la sexta tentativa de los últimos cincuenta años.
El ímpetu sangriento del ejército chileno le viene de su nacimiento, en la terrible escuela de la guerra cuerpo a cuerpo contra los araucanos, que duró 300 años. Uno de los precursores se vanagloriaba, en 1620, de haber matado con su propia mano, en una sola acción, a más de 2.000 personas. Joaquín Edwards Bello cuenta en sus crónicas que durante una epidemia de tifo exantemático, el ejército sacaba a los enfermos de sus casas y los mataba con un baño de veneno para acabar con la peste. Durante una guerra civil de siete meses en 1891, hubo 10.000 muertos en una sola batalla. Los peruanos aseguran que durante la ocupación de Lima, en la guerra del Pacífico, los militares chilenos saquearon la biblioteca de don Ricardo Palma, pero que no usaban los libros para leerlos, sino para limpiarse el trasero.
Con mayor brutalidad han sido reprimidos los movimientos populares. Después del terremoto de Valparaíso, en 1906, las fuerzas navales liquidaron la organización de los trabajadores portuarios con una masacre de 8.000 obreros. En Iquique, a principios del siglo, una manifestación de huelguistas se refugió en la teatro municipal, huyendo de la tropa y fue ametrallada: hubo 2.000 muertos. El 2 de abril de 1957 el ejército reprimió una asonada civil en el centro de Santiago causando un número de víctimas que nunca se pudo establecer, porque el gobierno escamoteó los cuerpos en entierros clandestinos. Durante una huelga en la mina de El Salvador, bajo el gobierno de Eduardo Frei, una patrulla militar dispersó a bala una manifestación y mató a seis personas, entre ellas varios niños y una mujer encinta. El comandante de la plaza era un oscuro general de 52 años, padre de cinco niños, profesor de geografía y autor de varios libros sobre asuntos militares: Augusto Pinochet.
El mito del legalismo y la mansedumbre de aquel ejército carnicero había sido inventado en interés propio de la burguesía chilena. La Unidad Popular lo mantuvo con la esperanza de cambiar a su favor la composición de clase de los cuadros superiores. Pero Salvador Allende se sentía más seguro entre los carabineros, un cuerpo armado de origen popular y campesino que estaba bajo el mando directo del presidente de la república. En efecto, sólo los oficiales más antiguos de los Carabineros secundaron el golpe. Los oficiales jóvenes se atrincheraron en la escuela de Sub-oficiales de Santiago y resistieron durante cuatro días, hasta que fueron aniquilados desde el aire con bombas de guerra.
Esa fue la batalla más conocida de la contienda secreta que se libró en el interior de los cuarteles la víspera del golpe. Los golpistas asesinaron a los oficiales que se negaron a secundarlos y a los que no cumplieron las órdenes de represión. Hubo sublevaciones de regimientos enteros, tanto en Santiago como en la provincia que fueron reprimidas sin clemencia y sus promotores fueron fusilados para escarmiento de la tropa. El comandante de los coraceros de Viña del Mar, coronel Cantuarias, fue ametrallado por sus subalternos. El gobierno actual ha hecho creer que muchos de esos soldados leales fueron víctimas de la resistencia popular. Pasará tiempo antes de que se conozcan las proporciones reales de esa carnicería interna, porque los cadáveres eran sacados de los cuarteles en camiones de basura y sepultados en secreto. En definitiva, sólo medio centenar de oficiales de confianza, al frente de tropas depuradas de antemano, se hicieron cargo de la represión.
Numerosos agentes extranjeros tomaron parte en el drama. El bombardeo del palacio de la Moneda, cuya precisión técnica asombró a los expertos, fue hecho por un grupo de acróbatas aéreos norteamericanos que habían entrado con la pantalla de la operación Unitas, para ofrecer un espectáculos de circo volador el próximo 18 de septiembre, día de la independencia nacional. Numerosos policías secretos de los gobiernos vecinos, infiltrados por la frontera de Bolivia, permanecieron escondidos hasta el día del golpe y desataron una persecución encarnizada contra unos 7.000 refugiados políticos de otros países de América Latina.
Brasil, patria de los gorilas mayores, se había encargado de ese servicio. Había promovido, dos años antes, el golpe reaccionario en Bolivia que quitó a Chile un respaldo sustancial y facilitó la infiltración de toda clase de recursos para la subversión. Algunos de los empréstitos que han hecho los Estados Unidos al Brasil han sido transferidos en secreto a Bolivia para financiar la subversión en Chile. En 1972, el general William Westmoreland hizo un viaje secreto a La Paz, cuya finalidad no se ha revelado. No parece casual, sin embargo, que poco después de aquella visita sigilosa, se iniciaran movimientos de tropa y material de guerra en la frontera con Chile y esto dio a los militares chilenos una oportunidad más de afianzar su posición interna y de hacer desplazamientos de personal y promociones jerárquicas favorables al golpe inminente.
Por fin, el 11 de septiembre, mientras se adelantaba la operación Unitas, se llevó a cabo el plan original de la cena de Washington, con tres años de retraso, pero tal como se había concebido: no como un golpe de cuartel convencional, sino como una devastadora operación de guerra.
Tenía que ser así, porque no se trataba de tumbar a un gobierno, sino de implantar la tenebrosa simiente del Brasil, con sus terribles máquinas de terror, de tortura y de muerte, hasta que no quedara en Chile ningún rastro de las condiciones políticas y sociales que hicieron posible la Unidad Popular. Cuatro meses después del golpe, el balance era atroz: casi 20.000 personas asesinadas; 30.000 prisioneros políticos sometidos a torturas salvajes, 25.000 estudiantes expulsados y más 200.000 obreros licenciados. La etapa más dura, sin embargo; aún no había terminado.
La verdadera muerte de un presidente. A la hora de la batalla final, con el país a merced de las fuerzas desencadenadas de la subversión, Salvador Allende continuó aferrado a la legalidad. La contradicción más dramática de su vida fue ser al mismo tiempo, enemigo congénito de la violencia y revolucionario apasionado y él creía haberla resuelto con la hipótesis de que las condiciones de Chile permitían una evolución pacífica hacia el socialismo dentro de la legalidad burguesa. La experiencia le enseñó demasiado tarde que no se puede cambiar un sistema desde el gobierno sino desde el poder.
Esa comprobación tardía debió ser la fuerza que lo impulsó a resistir hasta la muerte en los escombros en llamas de una casa que ni siquiera era la suya, una mansión sombría que un arquitecto italiano construyó para fábrica de dinero y terminó convertida en le refugio de un presidente sin poder. Resistió durante seis horas, con una metralleta que le había regalado Fidel Castro y que fue la primera arma de fuego que Salvador Allende disparó jamás. El periodista Augusto Olivares, que resistió a su lado hasta el final, fue herido varias veces y murió desangrándose en la Asistencia Pública.
Hacia las cuatro de la tarde, el general de división Javier Palacios logró llegar al segundo piso, con su ayudante, el capitán Gallardo y un grupo de oficiales. Allí, entre las falsas poltronas Luis XV y los floreros de dragones chinos y los cuadros de Rugendas del salón rojo, Salvador Allende los estaba esperando, estaba en mangas de camisa, sin corbata, y con la ropa sucia de sangre. Tenía la metralleta en la mano.
Allende conocía bien al general Palacios. Pocos días antes, le había dicho a Augusto Olivares que aquel era un hombre peligroso que mantenía contactos estrechos con la Embajada de los Estados Unidos. Tan pronto como lo vio aparecer en la escalera, Allende le gritó: “Traidor” y lo hirió en una mano.
Allende murió en un intercambio de disparos con esta patrulla. Luego, todos los oficiales, en un rito de casta, dispararon sobre el cuerpo. Por último, un suboficial le destrozó la cara con la culata del fusil. La foto existe: la hizo el fotógrafo Juan Enrique Lira, del periódico El Mercurio, el único a quien se permitió retratar el cadáver. Estaba tan desfigurado, que a la señora Hortensia Allende, su esposa, le mostraron el cuerpo en el ataúd, pero no permitieron que le descubriera la cara.
Había cumplido 64 años en el julio anterior y era un Leo perfecto: tenaz, decidido e imprevisible. Lo que piensa Allende sólo lo sabe Allende, me había dicho uno de sus ministros. Amaba la vida, amaba las flores y los perros y era de una galantería un poco a la antigua, con esquelas perfumadas y encuentros furtivos. Su virtud mayor fue la consecuencia, pero el destino le deparó la rara y trágica grandeza de morir defendiendo a bala el mamarracho anacrónico del derecho burgués, defendiendo una Corte Suprema de Justicia que lo había repudiado y había de legitimar a sus asesinos, defendiendo un Congreso miserable que los había declarado ilegítimo pero que había de sucumbir complacido ante la voluntad de los usurpadores, defendiendo la libertad de los partidos de oposición que habían vendido su alma al fascismo, defendiendo toda la parafernalia apolillada de un sistema de mierda que él se había propuesto aniquilar sin disparar un tiro. El drama ocurrió en Chile, para mal de los chilenos, pero ha de pasar a la historia como algo que nos sucedió sin remedio a todos los hombres de este tiempo y que se quedó en nuestras vidas para siempre.

domingo, 10 de agosto de 2014

NICOLAS GUILLEN

Poeta Nacional de Cuba

(Camagüey, 10 de julio de 1902 - La Habana, 17 de julio de 1989)


Periodista, poeta y político cubano, considerado por su obra como Poeta Nacional de Cuba. 
Ha sido uno de los más grandes poetas cubanos y desarrollados de habla hispana. Su magistral utilización de técnicas poéticas de la tradición castellana con expresiones, motivos y sentimientos de la cultura afro-caribeña de los esclavos negros y sus descendientes, le dio un sello distintivo.
Su poesía está considerada como la más plena expresión de las más legítimas y revolucionarias aspiraciones populares en el período histórico en que se produce. 




Introdujo el tema negro en la poesía, en lengua española. 

Balada de los dos abuelos

Sombras que sólo yo veo, 
me escoltan mis dos abuelos.

Lanza con punta de hueso, 
tambor de cuero y madera: 
mi abuelo negro. 
Gorguera en el cuello ancho, 
gris armadura guerrera: 
mi abuelo blanco.

[...]

--¡Federico! 
¡Facundo!   Los dos se abrazan. 
Los dos suspiran.   Los dos 
las fuertes cabezas alzan; 
los dos del mismo tamaño, 
bajo las estrellas altas; 
los dos del mismo tamaño, 
ansia negra y ansia blanca,
los dos del mismo tamaño, 
gritan, sueñan, lloran, cantan. 
Sueñan, lloran, cantan. 
Lloran, cantan. 
¡Cantan!


Nicolás Cristóbal Guillén Batista nació el 10 de julio de 1902 en Camagüey, en el seno de una familia de clase media, la cual contaba con determinado nivel cultural y social siendo parte de la pequeña burguesía negra.
 
Su padre era Nicolás Guillén Urra, director del diario Las Dos Repúblicas y consejero provincial del Partido Nacional Liberal, y su madre Argelia Batista Arrieta. Ambos de origen mulato, mestizaje blanquinegro, síntesis de lo criollo y de la cubanidad. La madre, una mujer de carácter y valor, se encargó de la formación de sus hijos y de la dirección del hogar.

Su padre, un político liberal que fue senador por su provincia de 1909 a 1913, se opuso a la candidatura para un segundo mandato del entonces presidente Mario García Menocal, situación que lo llevó a alzarse, junto a otros antiguos militares en 1917 en la ciudad de Camagüey. Fallido el alzamiento, las fuerzas insurgentes fueron acorraladas y muchos de su dirigentes asesinados, esta fue la suerte que corrió el viejo Guillén, lo que trajo consigo la ruina económica de la familia.

Asiste a las aulas del Instituto Provincial de Camagüey y aprende sus primeras letras. Recibe una educación profundamente influida por la religión católica.

En 1916 el joven Guillén asiste a la escuela secundaria y toma clases nocturnas de preceptiva literaria en las aulas del instituto de don Tomás Vélez, las cuales le permiten ahondar en el estudio de los autores del Siglo de Oro español  - Quevedo, Góngora, Lope de Vega, Miguel de Cervantes -, y de los neoclásicos y románticos, dotándolo, al mismo tiempo, de elementos de análisis y de un sentido del rigor formal que ya no lo abandonará.

En 1919 terminó sus estudios de Bachillerato, y un año después publicó sus primeros versos en revistas como Camagüey Gráfico, en su ciudad natal.

Nicolás Guillén cursó un año de derecho en La Habana. 

En 1921 Nicolás Guillén asiste a la tertulia iconoclasta del Café Martí, donde asistían los jóvenes poetas de ideas revolucionarias más representativos de La Habana, entre los que se encontraban Rubén Martínez Villena y Agustín Acosta. Esta experiencia le permite entrar en contacto con las tendencias renovadoras del postmodernismo y adquirir una visión crítica diferente del quehacer poético.

Luego de abandonar la universidad, al volver a su ciudad, trabajó como tipógrafo y se dedicó al periodismo en la redacción de El Camagüeyano, en cuyas páginas inició también su actividad literaria.

Su temprana actividad literaria lo llevará a ser incluido en la abigarrada compilación Poetas jóvenes de Cuba (1923).
A partir de 1925 Nicolás Guillén se instaló en la capital, donde participó activamente en la vida cultural y política de protesta, lo que le supuso breves arrestos y períodos de exilio en varias ocasiones. 

Publicó Guillén, el 20 de abril de 1930, sus Motivos de son, que provocaron el escándalo literario más trascendente de la república neo-colonial. Con esos ocho poemas breves, mediante los cuales el son entraba a la poesía como una forma rítmica apoyada en una visión de la gracia, el color y la vida explotada del negro cubano, Guillén atrae la atención de crítica y lectores.

Éste, su verdadero primer libro, le abre las puertas de la consagración.

SI TU SUPIERA... 

¡Ay, negra
si tú supiera!
Anoche te bi pasá
y no quise que me biera.
A é tú le hará como a mí,
que cuando no tube plata
te corrite de bachata,
sin acoddadte de mí.
Sóngoro cosongo,
sogo be;
sóngoro cosongo
de mamey;
sóngoro, la negra
baila bien;
sóngoro de uno
sóngoro de tre.
Aé,
bengan a be;
aé,
bamo pa be;
bengan, sóngoro cosongo,
sóngoro cosongo de mamey!


En 1937, cuando había publicado ya sus primeros tres libros, ingresó en el Partido Comunista de Cuba, fundado por su amigo y también poeta Rubén Martínez Villena, y participó en el célebre Congreso por la Defensa de la Cultura, realizado en Valencia en plena Guerra Civil española, donde conoció a Pablo Neruda, Rafael Alberti, Federico García Lorca y Octavio Paz. Allí su obra alcanzó difusión europea.

A su regreso a Cuba, Nicolás Guillén dirigió la revista Mediodía y participó de los movimientos de vanguardia en las tribunas de Gaceta del Caribe y Revista Avance


En 1945 el poeta parte en dirección a Venezuela. Desde allí, inicia una gira latinoamericana que se prolongará por tres años y en la que habrá de recorrer el continente de norte a sur, empezando por Colombia y terminando en Argentina, luego de atravesar Perú, Chile, Brasil y Uruguay, ofreciendo diversas conferencias.

En la capital argentina publica, en la editorial Pleamar, su libro El son entero el cual, desde su título, habla del son con todo su tamaño, con todas sus posibilidades como forma poética expresiva de la sensibilidad cubana.

La resonancia alcanzada por su obra, luego de la publicación de El son entero, convierte a Guillén en una de las principales voces de la poesía viva de su tiempo y su nombre adquiere cada vez mayor presencia en el ámbito de la cultura internacional.

Por sus ideas políticas a favor de la revolución proletaria y en contra del imperialismo ha sufrido persecución, prisión y exilio, viajando por Sudamérica. Desde 1953 hasta 1958, durante la tiranía de Batista, tuvo que permanecer fuera de Cuba.

Pasó, luego, años de exilio, y, en 1956, recibió el Premio Lenin de la Unión Soviética. 
Con el triunfo de la Revolución Cubana, en 1959, pudo regresar a la isla donde desempeñó distintos cargos como la presidencia de la Unión de Escritores, desde 1961 hasta 1985, y misiones diplomáticas de relieve.

"significa el más alto ejemplo actual de vida y obra creadoras, que por su fidelidad inquebrantable a la tradición patriótica y revolucionaria de la cultura cubana, ha sido capaz de expresar, con vigoroso genio artístico, la sensibilidad, el carácter, el proceso histórico y el espíritu combativo de un pueblo, de un ámbito geográfico y de una época.
Nos enorgullece -agrega la declaración- que esas características excepcionales de su existencia y de su poesía -que le hicieran merecedor a que nuestro pueblo le designara Poeta Nacional-, hayan sido determinantes en la vasta difusión de su obra por todo el mundo. Esta vibrante y ardiente poesía... ha sido vertida a los más diversos idiomas y es leída, declamada y cantada por millones de seres en el planeta, porque ha sabido interpretar a plenitud el espíritu de lucha de los hombres de nuestra época, y su esperanza de conquistar una sociedad mejor, basada en la justicia, la libertad y la paz". III Congreso de la UNEAC (Unión de Escritores y Artistas de Cuba)
 Nicolás Guillén falleció en La Habana el 17 de julio de 1989.

Los invito a entrar en la vida y poesía, tan rica, de Nicolás Guillén.

Extraído de un trabajo realizado por Alida Chebli, que nos compartió, muchas gracias.



martes, 8 de julio de 2014

Frank Fernández

Hace más de medio siglo, el arte de Frank Fernández camina por los más variados géneros musicales.




Pedagogo, compositor, intérprete, orquestador, productor, investigador y productor musical, Frank es, ante todo, un fenómeno irrepetible al piano.


Nacido en Mayarí, Cuba,  el 16 de marzo de 1944, comenzó a tocar el piano a los 4 años de edad. Poco tiempo después, inicia estudios formales con su madre. Aprendió los principales elementos de la pianística del S XIX junto a  su profesora Margot Rojas, alumna de Alexander Lambert, discípulo a su vez de Franz Liszt.

Adquirió  conocimientos de la famosa escuela rusa de piano, recibidos durante los 5 años de estudios superiores en el Conservatorio Tchaikovski de Moscú.
Logró un enorme dominio del  caudal de la tradición en Cuba durante los siglos XIX y XX a través de sus investigaciones y grabaciones de la obra de Manuel Saumell, Ignacio Cervantes y Ernesto Lecuona, y tuvo una temprana vinculación con los mejores exponentes de la música popular cubana y latinoamericana.
Esta abarcadora formación le permitió enfrentar con éxito no sólo los diferentes estilos de la música clásica,  sino también en en casi todos los géneros de la música popular.

Mantiene una brillante carrera como concertista. presentándose  en prestigiosas salas de tradición musical de Europa, Asia y Latinoamérica tales como: Moscú, París, Tokio, Berlín, Madrid, Varsovia, Praga, Luxemburgo, Barcelona, Riga, Osaka, Vancouver, así como en conciertos con orquestas de Rusia, Japón, Bulgaria, México, Brasil, Rumania, Holanda, Colombia, Alemania, Corea, Yugoslavia, Venezuela, Viet Nam, Polonia, Costa Rica, Santo Domingo  y Cuba,  entre otras.
Sus presentaciones son consideradas relevantes acontecimientos culturales.

Se pueden decir muchas cosas del maestro Frank Fernández, pero su arte habla por nosotros:


Frank y Silvio... (gentileza de Sergio Daniel):





"...yo sigo siendo el niño de Mayarí que soñó un día ser concertista."
                                (Frank Fernández)


domingo, 15 de junio de 2014

Encuentro de Puente Cubano al mundo

A qué le llaman distancia

Atahualpa Yupanqui

¿A qué le llaman distancia?:
eso me habrán de explicar.
Sólo están lejos las cosas
que no sabemos mirar.

Los caminos son caminos
en la tierra y nada más.
Las leguas desaparecen,
si el alma empieza a aletear.

[...]

Si los caminos son leguas
en la tierra y nada más,
¿a qué le llaman distancia?:
eso me habrán de explicar.

En este cuarto cumpleaños, sucedió algo inesperado, varias puenteras coincidimos en el origen, en Cuba, ¡qué mejor lugar para festejar a nuestro querido Puente Cubano al mundo!

Así cruzando puentes, comenzamos el camino, el camino del Puente.




Tucu y yo partimos desde Argentina y Lien desde Nicaro hacia la primera parada del camino puentero, donde esperaba Doris:  La Habana.







Junto a Doris caminamos hacia el Centro Pablo
Lien nos recibe en el Centro Pablo (Encuentro Seg.Cita)
El 9 de mayo en el Encuentro por el cuarto aniversario de Segunda Cita, coincidimos con algunas visitantes queridas de nuestro Puente.

Con Adriana, Arlen y Yamirys
Y nos dio un abrazo para todo Puente Cubano al Mundo, Silvio, que siempre nos acompaña.





En un hermoso recorrido por La Habana, no podía faltar una visita a la Bodeguita del Medio.


El 11 de mayo nos pusimos de nuevo en camino por el Puente: Doris, Tucu y yo.








Y llegamos a Santiago de Cuba, donde nos esperaba otra puentera: Cubanerías.




Almuerzo puentero en Santiago de Cuba



La Tucu tiró un cañonazo en honor a Puente Cubano al Mundo!





Visitamos la Casa de la Trova
Estaban cantando Chan Chan
Disfrutando en el atardecer
Nos  ponemos las 4 de nuevo en camino, hacia Nicaro




Donde la bella guajira (Lien) nos esperaba con toda su familia en su casa.

Aquí ya estamos todas las puenteras juntas: Tucu, Doris, Cubanerías, Lien y yo.







Pasamos momentos hermosos en Nicaro con toda la familia guajira. Tucu jugó con algunos niños del barrio.
La casa de Lien es la casa de todos, son muy hospitalarios.




Nuevamente en camino, esta vez hacia Holguín, pasando inolvidablemente por los lugares tan queridos de Chan Chan.


.... En Holguín nos esperaba el gran festejo del Encuentro de Puente Cubano al Mundo.





Aquí con los bocucos (Orli y Alito)
Comienza el gran festejo!


Mimí está presente en el festejo
con la bengala

Lien contagiada no pudo reprimir
sus bajos instintos
Y para concluir con este mágico encuentro, no podía faltar un homenaje imprescindible a Iraida





Preparándose para bailar...






Un danzón dedicado a nuestra Iraida!