lunes, 1 de enero de 2001

LA JOYITA


LA JOYITA

H. Zumbado


Marquetti al bate/dice fefa que los buñuelos para que queden bien/bola afuera y baja/se tienen que poner a dorar con el fuego bajito/estrai por el mismo centro del plato/y dice que otro secreto muy importante/ahí va una línea tremenda entre rai y center/ es que cuando uno va a hacer la masa/la bola pica y se extiende/mi amor tú no me estás oyendo.

Había llegado a esa etapa del matrimonio en que todo se vuelve una gran pasta gris y compacta donde es posible oír sin oír, simultáneamente, un juego de pelota y una receta de buñuelos. En donde las relaciones alcanzan un punto de exquisita incomunicación que envidiaría Antonioni, de un aburrimiento visceral y espeso que como tal vez diría Sor Juana Inés de la Cruz, da lo mismo Juana que su hermana.

Miraba a su mujer con la misma pasión con que se observa la factura diferida cuando la presenta el cobrador de la luz. Llegaba a su casa después del trabajo con el entusiasmo que genera un turno en el policlínico para hacerse una laparoscopía y a veces, en las pocas y raras veces que hacían el amor, era capaz de hacerlo pensando en las variantes de la defensa Nimzowitch.

Aquello, como diría Descartes en un momento de rara seguridad en sí mismo, estaba muy jodido, y sin lugar a dudas cartesianas ni socraticomayéuticas, sin vacilaciones ni titubeancias, se imponía una solución tajante y profunda, aséptica, definitiva y definitoria.

Y decidió,
con toda la fuerza que aporta la mentalidad analítica, la lucidez y el raciocinio,
la reflexión pausada,
la inteligencia fría,
la lógica formal y la dialéctica,
decidió espantar la mula, vender el cajetín, quemar el tenis, darse a la pira, arrivederci roma, chao, chao bambina, que me voy por la vereda tropical.

Pero de pronto, con la misma lucidez con que había tomado la tan difícil decisión, se le prendió el bombillo del entendimiento y vio clarito que tenía ante sí un problema no pensado antes.

¿Dónde iba a vivir? ¿Dónde iba a meterse? ¿En casa de su primo, tal vez, que vivía con aquella horrible mujer, eternamente aficionada a las canciones de Sarita Montiel?

Entonces, ¿qué otras probabilidades había?

Probabilidades. ¡Ah, probabilidades!

Se le encendió de nuevo el bombillo. ¡Ahí, tal vez, estaba la solución!

Ahí, en su condición de estadísticomatemático y demografoprobabilístico trabajando nada menos que en el CENTROPRODEMOSVAR (cuyas siglas representaban la breve abreviatura del Centro Nacional de Prognosis y Procesos Demoscópicos de Estadísticas Variables o el Cenpropró como le decía la gente en apócope cariñoso); ahí, con la información a mano, más sus propios conocimientos demoscopicoprobabilísticos y estadisticomatemáticos, podía estar la solución de las verdaderas probabilidades que tenía de encontrar en la ciudad una mujer que viviera sola, solita, solterita y con apartamento.

Comenzó a trabajar con pasión científica, como Arquímedes cuando cantaba en la bañadera, como Galileo cuando miraba absorto empinar papalotes en los cielos de Venecia. Se lanzó a buscar el primer dato, el dato primo, lógico y fundamental de su investigación demograficofreudiana. En primer lugar, ¿cuántos núcleos familiares había en la ciudad?

Núcleos. Naturalmente, buscó en el archivo por la letra N y como es natural, perdió su tiempo miserablemente. ¡Rayos! - pensó – si núcleos no estaba por la letra N, ¿por cuál otra letra podía núcleos estar?

Entonces decordó que da decretaria denía un defecto de pronundiadión y dodas das palabras das pronunciaba con da detra D.

Con la precisión analítica de un Derdock Dolmes buscó en la D y, efectivamente, ahí estaba el dato perfectamente registrado. Decía:

DÚCLEOS FAMIDIARES

DODAL URBANO                               534 215

Bien, más de medio millón, la cosa no se presentaba mal.

Ahora había que buscar el siguiente dato. De ese gran total de núcleos, ¿qué por ciento correspondía a núcleos habitados por una sola persona? El tarjetero le ofreció inmediatamente la información.

POR CIENTO DE NÚCLEOS DE UNA SOLA PERSONA             11,5

Con la ayuda de su nueva y flamante calculadora electrónica de bolsillo con circuitos integrados, ponchó los dígitos 5-3-4-2-1-5, que enseguida aparecieron, sin hacer ruido y como por arte de magia, en la pizarrita. Luego apretó el botón de la multiplicación, y posteriormente los botones correspondientes a 11.5. Le dio a la tecla del Total, y sin hacer el menor ruido y como por arte de magia apareció en la pizarrita, en bellos números verdes lumínicos, un flamante 999999999999,99.

Dejó a un lado su nueva y flamante calculadora electrónica de bolsillo con circuitos integrados, por totalmente inservible, y buscó con desesperación un bolígrafo.

En los primeros trazos comprendió que aquello no escribía ni hostia, y procedió entonces a colocarle un nuevo repuesto, nuevecito y de paquete, que por razones desconocidas se negó a emitir un solo rasgo de tinta. Pendió un fósforo y lo acercó cuidadosamente a la punta del repuesto, que de inmediato, como era polivinilicopoliestérico, procedente de la alta tecnología de los países industrializados, se encendió por completo, haciéndose mierda.

Por fin, con la ayuda de un infalible mochito de lápiz, realizó su cuenta:

534 215  X  11,5  =  61 434

Esas eran las personas que vivían solas, con apartamento, en la gran ciudad. Pero claro, de ese total, la mitad no le servía para nada, pues eran hombres. Fue de nuevo al archivo para obtener el porciento exacto de mujeres y encontró que era el 49,2.

Otra vez realizó la operación con el infalible:

61 434  X  49.2  =  30 225

¡Ahí estaba la probabilidad cientificomatemática demograficoestadística!

¡Treinta mil doscientas veinticinco mujeres con apartamento! ¡Ansiosas, solanas, disponibles! Treinta mil damiselas encantadoras…

¿Damiselas? ¿Encantadoras? ¡Un momento! En ese dato tan grande, tan frío, en esas probabilidades tan amplias, no estaba toda la verdad. Porque ahí, en ese gran total, había de todo. ¡Cuántas damas pasadas del medio tiempo, cuántas ocambas estarían incluidas ahí! ¿Y cuántas pepillitas insoportables, inmaduras e intrascendentes guardaba el numerito?

Era necesario discriminar un poco, seleccionar, decantar, depurar el dato. Ni ocambas, ni mediotiempos muy pasados, ni pepillitas frívolomusicales. Más bien entre los parámetros de 21 a 39 años, que ahí sí. Ahí había donde escoger.

La década de los 20, florida y alegre en su primera madurez, jacarandosa y moldeable, ávida de aventuras y de nuevos descubrimientos. (¿Qué edad tenía Alvar Núñez Cabeza de Vaca cuando se lanzó con Pánfilo de Narváez a descubrir la Florida? ¿28 años, no?)

Y la década de los 30, la interesante, la mujer ya experimentada, el mediotiempo con onda, la madurez sensual. Por ahí, por ahí estaba la cosa, entre los 20 y los 30.

¿Y qué porciento de mujeres solitosolteritas con apartamento había entre 21 y 39 años?

Una vez más el dato exacto vino en su ayuda. El 38,3 por ciento correspondía a esa estructura de edades. El resto era cuestión de sacar numeritos:

30 225  X  38,3  =  11 576

¡Once mil vírgenes! Bueno, hablando simbólicamente, claro está. Pero once mil, al fin y al cabo. Exactamente, once mil quinientas setenta y seis probabilidades.

¿Y por qué no ponerse un poquito más exigente? De estas once mil y pico ¿cuántas tenían nivel universitario? Porque si había algo que le molestara era que una mujer no supiera establecer, con precisión cervantina, la diferencia entre inadvertido y desapercibido.

La tarjeta científicodemoscópica indicó que en esas condiciones se encontraba el 8,3 por ciento de las damiselas uninúcleos. Y el 8,3 por ciento del total era, naturalmente:

11 576  X  8,3  =  980,8

La cifra se iba reduciendo, pero todavía 980,8 de mujeres (¿coma ocho? ¿Realmente podía existir una coma ocho de jeva?), era una cantidad impresionante. Casi mil ninfas uninúcleos entre 21 y 39 añitos y con techo en sí y para sí.

¿Y de esas 980,8 cuántas serían rubias?, que era su debilidad. Rubias verdaderas o falsas, pero rubias, rubias teñidas, plateadas, platinadas, lo que fuera, pero siempre dentro de la onda blonda, nórdica o gaita, daba igual.

¿Cuántas? Pues casi una de cada cuatro criollas tenía su pelito rubicundo y gretagárbico, según el dato aportado por el banco de información del Cenpropró.

La cifra era justamente el 23,5 por ciento de esa población demoblóndica y monoapartamental. Lo cual quería decir que:

980,8  X  23,5  =  225,7

Ahora bien, como tenía cierto rechazo por las gorditas, las gordinflonas y las gordezuelas, incluyendo las gorditas tamalitos, las entraditas en carne y los tambuchitos graciosos, es decir, como lo que le gusta es la esbeltez subcarbohidrática, las hambreadas y sufridas por la dieta de los puntos, el güin estético, la flacundenga con swing, la ninfa etérea, el modelo infragrásico, buscó el dato y descubrió que con esas características se hallaba el 31,6 por ciento de las damas.

El mochito de lápiz mostró de nuevo su eficiencia:

225,7  X  31,6  =  71,3

¿Y por qué no pedir un poquito más? ¿Por que no, a ver, por qué no? Si ya había llegado a esos parámetros de perfección (¡cómo le gustaba esa palabrita! ¡Parámetros! ¡Miel en la boca para un licenciado demografomatemático del Cenpropró!), pues ¿por qué no seguir exigiendo en busca del ideal jebodemográfico?

¿Por qué no pedir, además, que la mujer tuviera sentido musical, melodioso y parabailábico? ¿Cuántas, cuántas de esas criollas lo tenían? Pues nada más y nada menos – verificó en el tarjetero- que el 64,9 por ciento. Entonces:

71,3  X  64,9  =  46,2

Y de esas ¿qué cantidad sabría hacer frijoles negros, tarjetero mágico? ¿Muchas? ¡Ah, bastantes, bastantes! El dato demográfico frijolnégrico indicó que el 79,4 por ciento de esa población femenina conocía a fondo el secreto culinario.

Por lo tanto:

46,2  X  79,4  =  36,7

El núcleo, era cierto, se iba reduciendo y ahora las probabilidades se limitaban a 36,7 mujeres que reunían todos esos requisitos. Pero, por otra parte, ¿no se trataba ya, en definitiva, de alcanzar la exquisita perfección, el nirvana binúcleo, apoyándose en la cibernética?

Entonces, ¿qué más se podría exigir? ¿Qué otra cualidad le gustaría que tuviese esa mujer? ¿Qué más que contribuyese a la paz hogareña, al oasis conyugal, a la tranquilidad doméstica? ¡Que no hablara mucho, claro!

Y descubrió que esa maravillosa cualidad la tenía solamente el 21,8 por ciento de las damiselas monoapartamentales. Y eso quería decir, consecuentemente:

36,7  X  21,8  =  8,01

Que había, por lo menos, 8,01 féminas en ese paraíso freudiano ideal, o casi ideal, casi, casi, porque todavía exigiría una condicioncita más, una sola, última, pequeña, apenas mínima, humilde condición, tal vez intrascendente, pero que para él tenía inmensas y resonantes dimensiones, en otras palabras ¡qué no hubiese suegra, por favor!

De inmediato, el tarjetero le brindó esa última respuesta.

En esa categoría se encontraba el 24,9 por ciento de la población analizada. Y por lo tanto:

8,01  X  24,9  =  1,9999

¡1,99! Es decir, 2. Dos mujeres. Esas eran las probabilidades. Existían dos mujeres con esas condiciones que andaban por ahí, en algún lugar de la urbe, entre 30 225 probabilidades, en alguna vivienda de 30 225 viviendas, que suponiendo a 5 visitas diarias por 365 días al año, le darían la oportunidad de peinar 1 825 casa anuales, lo cual, a su vez, significaba que en la búsqueda, matemáticamente, podría tardar:

30 225 entre 1 825  =  16,5

¡16,5 años zapateando por la urbe capitalina! ¡16 años y 6 meses!

Dos mujeres entre 30 225. Una estaba por ahí, y la otra….bueno, la otra la tenía en la casa y era de quien, precisamente, se quería divorciar.

Quedó, por unos instantes, hondamente pensativo, como Galileo cuando miraba absorto empinar papalotes en los cielos de Venecia. Y de pronto, exactamente igual que lo hiciera Arquímedes en la bañadera, exclamó:

¡¡COÑO!! ¡Pero si lo que tengo en casa es una joyita!

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