Tras un sueño reparador y un exquisito desayuno… bueno, la fruta estaba
por demás rica, fresca y con mucho sabor, la sandía me enloqueció.
El queso al principio me supo algo salado, pero ya acostumbrado el sabor
es intenso y muy rico.
Habíamos quedado de vernos en la planta baja con los amigos mexicanos
que –por supuesto- no estaban.
La tropa en el Parque autonómico.
Nos fuimos al parque autonómico, donde ya los camiones nos esperaban
para ir a Cotoca.
Bueno, nosotros nos decidimos a ir a Cotoca, otra parte del grupo se fue
a un parque donde hay varias atracciones muy interesantes también.
Así que sin más, partimos a Cotoca.
Fungió como guía uno de nuestros compañeros activo fijo de la tropa
boliviana, quien nos sugirió pasar por el mariposario, muy buena idea si
hubiésemos salido temprano, la cosa es que varios desvelados no pudieron
cumplir con la meta de llegar a una hora decente a los buses, así que por falta
de tiempo, nos seguimos a Cotoca.
Hubo quien pensó seriamente en descansar el bus, no contaban con la presencia
de la tropa colombiana, bullanguera, alegre y por demás participativa y con los
jóvenes choferes, que al menor descuido nos ponían a todo volumen sus muy traídos
y llevados gustos por el reguetón.
El bus de la alegría y la elegancia.
Por supuesto que protestábamos y mucho, aquellos muchachos nos veían con
ojos saltones de no entender porque tanta desavenencia contra su muy querido y
pegajoso ritmo.
Así que, entre risas, protestas, carcajadas y uno que otro compás
perdido de reguetón llegamos a nuestro destino.
Antes debo decir que Bolivia tiene un serio problema con la basura, por
desgracia he visto mucho desperdicio a lo largo del camino, incluso en varias
poblaciones vi a gente muy joven salir de las tiendas y tirar sus envolturas directo
al piso, sin pensarlo, en automático.
Bueno, llegamos a Cotoca.
Es un pueblo pequeño, lo primero que nos llamó la atención fue que todas
las casas están pintadas, muchas tienen cenefas e incluso murales.
Por los muros de Cotoca
Nos comentaron que el lugar tiene una gran oferta artesanal y culinaria,
pero resultó que el asunto artesanal es durante los fines de semana y la
comida, bueno, de eso sí que había.
El pueblo cuenta con una iglesia que data de 1902, el interior es fresco
y muy bello.
En esta iglesia se venera a la Virgen de Cotoca, que según nos cuentan,
es muy milagrosa.
Agregar leyenda
Al salir de este lugar es que me encontré de frente con la evidencia de
estar en otro lugar muy distinto a mi país.
Ahí, en el parque del pueblo, un perezoso subía a su árbol, pausado,
tranquilo.
Perezoso en Cotoca.
Nadie lo molestaba, era más que evidente que los lugareños estaban
acostumbrados a la presencia de estos bellos animales.
Y nosotros tire y tire fotos.
Verdaderamente parecíamos turistas.
Artesanias.
Una buena señora se apiadó de nosotros y nos mostró su asombrosa artesanía,
piezas ricas en texturas y colores, formas y tamaños.
Otra cosa que tiene Cotoca, un calor infernal.
Salimos de regreso algo tarde, pese al cansancio no permitimos que los
jóvenes choferes nos atacaran con sus reguetones monotemáticos.
Tras un breve baño y aún más breve descanso fuimos al bar Martinica,
donde ya había iniciado la descarga musical.
Carlos López, la leyenda.
Grande fue la sorpresa al ver que subía al escenario una de las leyendas
del folclore boliviano, el mismísimo Carlos López.
Y aún más grande la sorpresa al ver entrar a Daniel Viglietti.
Si, cantó Daniel.
No, no tengo fotos.
El día había ganado en intensidad al anterior, el cansancio nos hizo
mella y decidimos retirarnos a descansar. Mañana había que madrugar.
La cálida noche se la llevó Reiko, tropera japonesa quien obsequió
abanicos a todo mundo.
Intensidad 10, descanso cero. (Reiko a la derecha de la foto)
En esta ocasión, quiero compartir
con ustedes el viaje, corto pero intenso, por este increíble lugar que es el
Estado Plurinacional de Bolivia.
Iniciamos el viaje el 4 de
octubre, nuestro vuelo fue nocturno.
No nos fue posible dormir mucho durante
el vuelo, la emoción del encuentro y del viaje nos mantuvieron alertas durante
un buen rato.
Pero al fin nos venció el
cansancio, a ratos y a trompicones descansamos.
En un momento pude ver en el mapa
interactivo que habíamos pasado la línea del ecuador, nadie hizo comentario
alguno, casi todos los pasajeros dormían.
Durante los “snaks” nos dieron
vino tinto, incluso la tripulación de cabina pasaba constantemente ofreciendo
esta bebida.
No recuerdo el nombre del
producto, era terrible, de ahí en adelante pedí agua.
Durante el vuelo hubo algunos
momentos de turbulencia que sacudían la aeronave y que incluso obligaron a
suspender uno de estos “snaks”, pero fuera de eso el vuelo fue muy tranquilo.
Aterrizamos en el aeropuerto de
Lima al amanecer del 5 de octubre.
Perú, tierra de mis ancestros,
una de mis raíces.
Lugar donde vive Mariluz, Inara y
familia querida.
Nuestra conexión salía en muy
poco tiempo, no salimos del aeropuerto.
Tenemos que volver y conocer
Lima, saludar a los amigos y rendir homenaje a mis ancestros.
Despegamos de nuevo, esta vez en
un avión más pequeño.
El viaje fue corto y algo movido.
El sol no se asomó y de todas maneras el horizonte se mostraba nublado, así que
no pudimos apreciar nada del paisaje.
Muy pronto el capitán informa que
iniciaríamos el descenso, así que todo mundo a sus lugares.
El cielo se despeja, pronto vemos
nuestro lugar de destino, la ciudad de Santa Cruz de la Sierra en Bolivia.
Hay mucho viento y el avión no
deja de sacudirse, es a unos metros de tocar tierra que se estabiliza el
aparato.
Aterrizamos sin problema alguno.
Aeropuerto de Viru Viru.
Aeropuerto de Viru Viru
Tras los trámites de rigor,
salimos a de llegadas donde ya la tropa boliviana nos esperaba con los brazos
abiertos. El encuentro fue muy festivo, pero teníamos que abreviar, había que
ir a los hoteles donde los recién llegados estábamos hospedados, prepararnos y
salir al encuentro formal de la Tropa Cósmica.
Lo primero que notamos en Santa
Cruz de la Sierra es que no hay sierra alguna en los alrededores, el lugar es
más plano que un papel sobre una mesa. Nunca supe el porqué del nombre del
lugar.
Eso y el calor, ya se notaban las primeras luces de la mañana y la temperatura subía como si tuviese prisa por freirnos.
Primer amanecer en Bolivia.
Santa Cruz es una cuidad
enorme. Nuestro primer amanecer nos sorprendió en el trayecto al hotel.
Ya instalados fuimos a desayunar,
descansamos un rato y ya por la tarde salimos a pasear por los alrededores.
Por la tarde nos dirigimos al
“Jumechi cultur bar”, donde tendría lugar la inauguración oficial del encuentro
tropero.
Todo bien, salvo que hubo un
asunto extra-encuentro que quizá no estaba previsto y que retrasó la inauguración,
un par de partidos de futbol donde estaban implicados Perú, Argentina, creo que Colombia y no tengo idea de quien más, hubo que esperar al final de los partidos
para iniciar nuestro evento.
Inicio "oficial" del encuentro tropero.
La tropa boliviana dio el
discurso de bienvenida, emotivo y claro, no dejaron dudas de cómo serían
aquellos días “a descansar a sus países” nos advirtieron, y cumplieron.
Inició la cena y la música,
prometían seguir hasta la madrugada y más allá, y lo cumplieron.
La descarga.
La cosa es que al otro día había
que salir temprano a Cotoca, así que nos retiramos a una hora prudente para
descansar del viaje y de tantas emociones.
Tropa peruana repartiendo Pisco.
Este primer encuentro fue muy
amable y cordial, hubo mucha integración y ganas de conocer nuevos rostros y
reconocer viejas amistades. Desde el principio el entendimiento, el respeto y
las ganas de convivir marcaron para bien el resto de estos inolvidables días.
Ha pasado ya más de una semana
del sismo de 7.1 que sacudió la parte central de la República Mexicana, temblor por demás violento y destructivo.
Pudiera ser que tomara estas
líneas para explicar la mecánica de los terremoto del 7 y 19 de septiembre, las
tremendas diferencias con el de 1985, las distintas formas de medir la magnitud
de la fuerza liberada en estos casos, en fin, datos técnicos, muy
interesantes y clarificadores, pero datos fríos.
Prefiero contarles.
Ya desde el sismo del 7 de
septiembre había estado tentado a escribir sobre esto, pero en esos días los
tremendos huracanes del Atlántico pegaron en las Antillas dejando una estela de
destrucción y muerte. Por eso pospuse la idea de esta entrada para otra
ocasión.
El 19 no dejó lugar a dudas, les
tengo que contar.
Debo pedir una enorme disculpa,
una de 60 años pues hasta allá me voy a trasladar.
Uno de los sismos modernos más
referenciado hasta antes de 1980 es el conocido como “Terremoto del Ángel” de 1957
o “Sismo del 57” donde uno de los daños más evidentes fue la caída del Ángel de
la Independencia en Paseo de la Reforma.
Terremoto del Ángel. 1957
Ángel caído. 1957
De 1957 a 1985 hubo innumerables
sismos que afectaron la estructura de cientos de edificios, sin embargo, el
ánimo de la gente era en general festivo, no bien se terminaba el sismo dábamos
por hecho que nada había pasado y que el único edificio dañado era el cine
Roble, resentido desde el 57 y que no podían acabar de reparar.
En el sismo del 14 de marzo de
1979 (magnitud 7.6) el único edificio colapsado fue el de la facultad de
arquitectura (¡!) de la Universidad Iberoamericana, afortunadamente este sismo
ocurrió muy temprano, antes que hubiese estudiantes y docentes en su interior.
Facultad de arquitectura Universidad Iberoamericana. 1979
Esto funcionó en el sentido de
que México era a prueba de temblores. Gran error.
Llegó el 19 de septiembre de
1985.
Aquel terremoto no solo tiró
cientos de edificios, dejó miles de fallecidos (10,000 según cifras oficiales,
más de 20,000 según cuentas de la población civil), además tiró la absurda
creencia de que en la Ciudad de México nunca pasaba nada con los sismos.
Hubo cambios en la forma de vivir
y convivir antes, durante y después de un sismo. También se cambiaron las
reglas de construcción para evitar mayores desastres.
Y por supuesto. Hubo quien encontró
la forma de no cumplir con las reglas, ahorrándose dinero a costa de la
seguridad de los habitantes del país.
Hotel Regis. 1985
El sismo del 85 empezó lento, con
movimientos horizontales, como los que ya estábamos más que acostumbrados. Pero
fuera de amainar como en otras ocasiones, el vaivén no cesaba, era un
movimiento que aceleraba sin pausa, cada segundo aumentaba el crujir de las traves
y columnas.
Muy poco después el movimiento ya
no era horizontal, la casa se movía claramente de arriba abajo, el terremoto
ahora era trepitatorio.
No era como antes, no paraba, el
ruido de objetos caídos, vidrios rotos, gritos de vecinos… no era algo que
hubiésemos vivido antes.
Pasó el sismo y dejó su estela de
dolor y muerte. Al otro día, 20 de septiembre, tembló de nuevo dejando en el
ánimo de la gente una cicatriz indeleble de lo frágiles que somos.
También dejó grandes enseñanzas
en torno a la generosidad y altruismo de mucha gente que auxilió a la población
afectada.
Solidaridad ciudadana. 1985
Pasaron 32 años de sismos
pequeños y grandes, no bien paraba de temblar las autoridades se apresuraban a
jactarse de que no había nada que lamentar, que se reportaba saldo blanco y que
la ciudad estaba perfectamente preparada para un sismo como el de 1985.
El 7 de septiembre de 2017 a eso
de las 11:50 de la noche, el sonido característico y aterrador de la alarma
sísmica partió en pedazos la serenidad del manto nocturno.
No bien salí de casa se empezaron
a sentir los embates del sismo, las lámparas se movían al compás del siniestro
vals terrestre.
Como en 1985 el movimiento era
claramente horizontal, oscilatorio como le dicen, y al igual que el de hace 32
años lejos de parar aumentaba en intensidad.
Las lámparas ya no solo se movían
de lado a lado, presentaban violentas variaciones de dirección.
Hubo un asunto que me llamó la
atención, el olor del aire.
Era un olor casi desagradable,
como el aroma que se desprende al chocar las piedras.
Había gente rezando, gente que
murmuraba, gente que en shock preguntaba que qué estaba pasando, caminaban con
los ojos en blanco, no veían, no escuchaban, el terror los impulsaba a caminar
sin saber a dónde ir.
Como pudimos algunos ayudábamos a
calmar a la gente, aun cuando el miedo nos tenía invadido el ánimo a todos.
Y justo en ese momento, con el
terremoto encima y casi a la media noche, se fue la luz.
El sonido de la angustia saliendo
de todas las gargantas fue claramente percibido.
Fue en ese momento que pude
percibir con toda su terrorífica hermosura los destellos que iluminaban el
cielo, como relámpagos que iluminaban el cielo desde la tierra, sin sonido, sin
estruendo, era la luz del rayo sin el trueno.
En el momento en que el movimiento telúrico
se desvanecía, un frio tremendo se desató en los ateridos y
temblorosos testigos.
Al fin la tierra se había
detenido, las lámparas de las casas y el tendido eléctrico aun oscilaron por
unos segundos más.
Tres minutos después el ladrido
de los perros llenaba la obscuridad de la noche.
La quietud de los objetos no nos
convencía de que ya hubiese terminado el sismo.
Siguió el recuento de daños,
sacar los radios para tener información, saber al menos que no estábamos tan
mal.
Juchitán, Oaxaca. 2017
Por desgracia en Oaxaca y Chiapas
no les había ido nada bien, el terremoto había generado muchos daños e incluso
muertes y heridos en aquellas regiones.
Las comunicaciones estaban
cortadas, no había teléfono y la señal celular se había caído.
Con un poco de suerte y paciencia
pudimos mandar mensajes, enterarnos que nuestras gentes estaban bien, sólo
asustados y nada más.
Unas horas después llegó la luz,
las líneas telefónicas se restablecieron y pudimos al fin hablar con nuestros
familiares.
Regresé a casa, mucha gente
prefirió quedarse afuera. Casi nadie durmió.
La vida regresaba a la normalidad.
El 19 de septiembre se conmemoró
el 32 aniversario de aquellos terribles sismos que tanta destrucción y luto
dejaran a su paso, como todos los años, se realizó un simulacro que no todos
toman en serio, sobre todo la generación posterior al terremoto del 85.
A la una catorce de la tarde
estaba sentado justo frente a esta misma computadora, en ese momento un
sorpresivo movimiento de arriba abajo, como si estuviésemos en una lancha, nos
sorprendió.
No hubo alarma sísmica, no hubo
aviso alguno. Simplemente empezó a temblar.
Ya desde ese primer movimiento se
notó que era un sismo atípico, desde el primer momento se presentó
trepitatorio.
- ¡Está temblando, sal! - dije en
voz alta para que Lupita saliera a ponerse a salvo, al mismo tiempo ella me
advertía alarmada que bajara y saliera de casa.
Habían pasado sólo unos pocos
segundos de iniciado el terremoto y ya caminar por la casa era por demás
imposible, la forma en que y velocidad con que se movían las paredes nos hacían
chocar una y otra vez en nuestro intento por salir al aire libre.
Fue un triunfo abrir la reja, se
movía demasiado como para insertar la llave, pero al fin salimos.
No bien nos pusimos a salvo, la
alarma sísmica se activó, cuando era más que evidente que este era uno de los
terremotos más fuertes del que se tuviese noticia en tierras mexicanas.
Todo se movía sin concierto ni
orden, el ruido de la tierra misma sacudida sin piedad, de los objetos
cotidianos al caer y romperse en mil pedazos, vidrios rotos, llantos
desesperados, ladridos descontrolados, gritos, todo en una mezcla demencial de
temor, terror y ninguna certeza de que esto terminara.
Es curioso, pero lo primero que
hice al salir fue olfatear el aire para percibir aquel olor del sismo pasado.
No había tal.
Aun a nivel del piso los bruscos
movimientos del suelo nos impedían siquiera estar de pie.
Teníamos la certeza que nuestra
casa fallaría en sus cimientos y se vendría abajo, el ruido era enloquecedor.
Fue a costa de mucho trabajo, de
respirar hondo y lento que no dejamos que el terror nos ganara la carrera, la
adrenalina nos brotaba hasta por la mirada.
Poco a poco, muy lento el
movimiento empezó a calmarse, la tierra retomó su papel pasivo y nos permitió
ser testigos del peor sismo registrado en nuestro país.
Es bien cierto que el de 1985 fue
de magnitud mayor (liberó mucha más energía) pero el de este año fue mucho más
cercano haciéndolo más intenso.
Daños en calles de la ciudad. 2017
Por supuesto fue muy destructivo,
la zona del epicentro sufrió innumerables daños, Puebla y Morelos salieron muy
mal y zonas que ya estaban mal por el sismo del día 7 resintieron mayor
destrucción.
Las manos han salido a buscar y
rescatar desde el primer momento, los voluntarios, los brigadistas, los
rescatistas, casi todos han puesto su granito de arena para ayudar en lo que
fuera necesario. Han sido los jóvenes quienes primero llegaron a rescatar
personas, con las manos desnudas y el miedo en la piel, pero firmes y
dispuestos a ayudar.
La clase gobernante se ha visto
de nuevo rebasada y torpe, como en 1985.
Las brigadas vinieron de todo el
mundo, y a todo el mundo les damos las gracias, grupos especializados en
rescate enviados por distintos gobiernos, también vinieron voluntarios que pagaron
de su bolsillo su traslado, alimentación y hospedaje y que se fueron sin pedir
nada, absolutamente nada a cambio.
Nunca podremos acabar de
agradecerles a estas almas generosas que aportaron sus manos, su esfuerzo, voluntad y conocimiento en el rescate de las víctimas de los terremotos del 7 y 19 de septiembre
de 2017.
No podemos evitar sismos, huracanes, inundaciones, lluvias y demás eventos naturales, pero podemos estar preparados para evitar mayores daños.
Despertamos al amanecer de
nuestro último día en Cuba, Ana se va a la Universidad, va a dar una
conferencia, nos despedimos de ella con el corazón en la mano.
Rosalía también se va a trabajar,
y con Rodrigo en la escuela nos quedamos ante la siniestra sombra de nuestro
extraterrestre favorito, Ponce.
Con él fuimos a nuestra última
visita, la Quinta de los Molinos.
Quinta de los Molinos.
Este lugar inició como sitio de
descanso para los capitanes generales, algo después se convirtió en el jardín
botánico de La Habana.
Y sigue siéndolo, actualmente se
puede visitar y disfrutar de esta área asombrosa, que cuenta con un pequeño
zoológico, miles de plantas y árboles, un mariposario y cuatro ceibas de
trescientos años cada una.
Mami Luz y Lupita en el mariposario.
Es un lugar donde la paz reina,
es fresco, grande y muy agradable.
Tuvimos el privilegio de visitar
este hermoso lugar en compañía de Mami Luz, nuestra entrañable amiga, y claro,
de Ponce que también se da a querer.
La Madriguera.
La Quinta de los Molinos tiene
una característica muy especial, cuenta con un pequeño foro al fondo del
parque, bueno, en realidad no es parte del jardín botánico pero se puede
acceder desde el parque.
Este pequeño foro al aire libre
llamado “La Madriguera” es muy especial, pues fue ahí donde la Nueva Trova
–Silvio incluido- empezó a compartir al mundo su canto y poesía.
No sé si fue su primer foro, pero
sí que fue uno de los primeros.
Ponce no combina con la guitarra.
Ponce nos demostró con mucha
precisión que lo suyo no es tocar la guitarra.
Ya a la salida de la Quinta,
fuimos a un paladar justo en frente, se accede por una estrecha escalera y
llegas a un lugar donde te formas, de ahí te pasan a otra fila donde te
explican lo que tienen en el menú, eliges tus alimentos y pagas, ojo, es el
primer lugar en todo este recorrido donde pagamos antes de consumir los
alimentos, ya hecho el trámite nos pasaron a nuestra mesa.
Por una muy buena fortuna nos
tocó en la terraza desde donde se puede ver la Quinta de los Molinos, además de
ser el lugar más fresco del paladar, adentro hace mucho calor.
Tras un rato de plática nos
despedimos de nuestra querida Mami Luz, esperamos verla pronto.
Regresamos a Regla, por supuesto
a bordo del Unicornio.
Rosalía nos recibe, nos tiene
preparada una muy rica comida.
La plática transcurre placida,
ligera, sabemos que en un rato nos iremos. Nadie quiere mencionarlo.
Realmente hablamos de intrascendencias,
de absurdos, de asuntos que en unas horas habríamos olvidado.
Rosalía se movió un poco, como
para anunciar que diría algo, la miramos.
“No se vayan, pierdan el vuelo”
Yo jugaba a ser el fuerte, a que no
me afectaba la despedida. Creo que los demás también jugaban a eso, pero
Rosalía fue mucho más honesta.
Y me partió el corazón.
Ana habló por teléfono, no le
sería posible ir a casa a despedirnos, ya extraño a nuestra Anita querida.
Jóse llegó puntual con el
Unicornio, era hora de partir.
Nos despedimos de nuestros
queridos anfitriones Rosalía, Ponce, Rodrigo y Ana, una parte de nuestros
corazones se queda con ustedes.
De camino al aeropuerto íbamos callados,
creo que por primera vez desde que llagamos.
Por supuesto que Jóse rompió el
silencio.
“¡Vaya que nos divertimos!”
Sí, ha sido una visita muy
divertida, donde hasta lo que salió mal fue muy disfrutable.
Miro el camino, es el mismo que
recorrimos en la llegada, busco sin querer encontrar el asta bandera del parque
Lenin, pues es ahí que vimos la primera bandera cubana ondeando y dándonos la
bienvenida.
Pronto la encuentro, ondea
flamante, ahora nos da la despedida.
También marca la proximidad del
aeropuerto.
Los círculos se cierran, Jóse
llegó por nosotros y ahora nos lleva, él fue el primer amigo que encontramos en
este viaje y ahora es el último que veremos.
Mi fortaleza está hecha añicos.
Llegamos al aeropuerto, nos
despedimos de Jóse y del Unicornio, yo ya no puedo más, disimulo algunas
lágrimas que me delatan.
Se fue Jóse, lo dije antes y lo
digo ahora, este buen amigo se convirtió en parte del grupo en este viaje
inolvidable.
Hicimos los trámites
normales y nos fuimos a la sala de
espera, una hora después estábamos por abordar la nave.
Toco el fuselaje –siempre lo
hago- y le pido al avión que nos lleve
con bien a nuestro destino.
Cierran la puerta, noto el lento
rodar hacia la pista de despegue. Aceleramos, siento el instante en que la nave
deja de tener contacto con la pista.
Un hermoso atardecer nos
acompaña, como el que nos recibió a nuestra llegada.
Nuestra querida amiga vive en un departamento en la colonia
10 de octubre, la zona cuenta con muchas lomas, siendo que el departamento de Doris
está en la parte alta de su edificio y éste en casi la cima de aquellas lomas.
Esto hace que cuente con una vista privilegiada de la bahía de
La Habana y de la capital misma.
Algo similar pasa con la casa de Ana, pero la de Doris tiene
mayor altura y eso le confiere una vista diferente.
La Habana
La bahía.
El departamento es amplio, fresco y muy bien iluminado, al
estar prácticamente en la cima nada le impide la entrada de corrientes de aire
que refrescan el abultado calor habanero.
Dato curioso, la escalera para acceder a la terraza es algo
empinada, la primera impresión que me dio es que es igual a la escalinata del
módulo lunar.
No es mi intención burlarme de la escalera, bueno, un poco
si, cada vez que pasaba por ahí me detenía y en voz alta recitaba aquello de:
“Es un pequeño salto para un hombre, pero un gran salto para
la humanidad”
Doris me mal miraba, pero se reía mucho.
Nos convidó una muy buena comida y unas cervezas bien frías.
Bucanero, por supuesto.
Disfrutamos de los alimentos, la cebada, el fresco, la
plática y sobre todo de la compañía.
Lupita en la terraza de Doris.
No se adonde se fue el tiempo, corrió sin pedir permiso,
celoso de lo bien que lo pasamos en casa de nuestra amiga.
El calor implacable nos terminó por correr de la terraza, por
más que quisimos guarecernos de él, terminamos por bajar e instalarnos en la
entrada del departamento, donde Doris tiene muy bien dispuestas unas mecedoras
y a esa hora el sol no golpea en aquel lugar.
Ya entrada la tarde llego el infatigable Jóse por nosotros,
nos despedimos de nuestra amiga y nos fuimos para Regla, mañana es nuestro
último día y hay que ir preparando el equipaje para el regreso.
Regla, la sierra chiquita, nuestra base de operaciones en
este inolvidable viaje, lugar lleno de tradición y raíz y amigos.
Aun contamos con luz de día, salgo con Rodrigo y lo invito a
lanzar un disco de frisbee, para esto fuimos a un parque de beisbol de la
localidad, la cancha está en muy buenas condiciones y lo puede usar cualquier
persona.
No bien lanzamos el disco cuando ocho pequeños niños y niñas
se nos juntan, preguntan, quieren jugar.
Muy pronto se organizó un juego de Ultimate, no creo que sea
el primero en Cuba o La Habana, pero seguro que sí es el primero en Regla.
Por estar atento a enseñar cómo lanzar tomar el disco, no
llevé cámara, así que no hay fotos. Será para la siguiente ocasión.
Les dejé un par de
discos, Rodrigo los va a administrar, regresamos a casa de Ana, ya es tarde.
Cayó la noche como suele caer en todo el mundo, sin
preguntarle a nadie.
En esas estábamos cuando Ponce me pide salir a la calle, lo
sigo sin saber que prepara mi amigo extraterrestre.
“Mira allá” me dice y señala al cielo, me está regalando la
vista increíble de la Osa Mayor, completa, luminosa, infinita.
Nos quedamos observando en silencio, luego inició la plática
al abrigo de los invisibles planetas, de aquellas estrellas brillantes y del
fresco de la noche habanera.
Nos despedimos de nuestros amigos, mañana será un día
intenso en lo físico y en lo anímico, Rodrigo va a la escuela, Ana a la
Universidad, Rosalía a trabajar y Ponce… Ponce nos acompañará en nuestro último
día de nuestro viaje.